Trastorno Oposicionista Desafiante: Abordaje a Nivel Familiar
- Valentina Bustamante
- 3 feb
- 3 Min. de lectura
El Trastorno Oposicionista Desafiante (TOD) es un motivo de consulta frecuente en la clínica infantojuvenil. Se asocia a un malestar significativo en el niño o niña y en su entorno, afectando áreas importantes como la convivencia familiar, el ámbito escolar y las relaciones sociales (Almonte, 2019).
Los niños y niñas con TOD presentan un patrón persistente de conductas oposicionistas, desafiantes y provocativas, acompañado de irritabilidad, baja tolerancia a la frustración y dificultad para aceptar normas. Estas conductas suelen manifestarse con mayor intensidad en el hogar, especialmente con figuras cercanas, y pueden generar enfrentamientos repetidos con la autoridad (Asociación Americana de Psiquiatría, 2013).
Desde una mirada relacional, el TOD puede comprenderse como una dificultad en la interacción familiar. Las escaladas de conflicto suelen producirse cuando el niño desafía la norma y el adulto responde de manera impositiva, dando lugar a luchas de poder que deterioran el vínculo y dificultan la resolución de problemas (Almonte, 2019).

Dinámicas familiares frecuentes
En muchas familias se observan patrones que, sin intención, pueden mantener el problema (Almonte, 2019; Patterson et al., 1989; Barkley & Benton, 1998).
El niño queda ubicado como “el problema” central.
Existen desacuerdos o desautorizaciones entre los padres.
Los límites son inconsistentes (a veces muy rígidos, otras muy permisivos).
Los roles parentales se vuelven confusos.
Hay dificultades para expresar emociones y resolver conflictos de manera calmada.
La comunicación tiende a escalar rápidamente y las órdenes se repiten en exceso.
¿Qué se recomienda hacer?
El cambio no depende solo del niño, sino del funcionamiento familiar completo. A continuación, se presentan orientaciones prácticas y realistas para los padres (Almonte, 2019).
1. Descentrar al niño como “el problema”: Comprender que las dificultades no pertenecen solo al niño, sino a la forma en que la familia se relaciona, evitando culparlo de todo lo que no funciona.
2. Fortalecer la alianza entre los padres: Llegar a acuerdos claros sobre normas y límites. Evitar contradecirse o desautorizarse frente a los hijos y resolver las diferencias entre adultos.
3. Ejercer una autoridad clara y predecible: Establecer reglas simples y claras que se mantengan en el tiempo, evitando pasar de la rigidez extrema a la permisividad.
4. Ajustar expectativas y reconocer avances: Evitar expectativas irreales o exageradas y reconocer los esfuerzos y pequeños avances, no solo los errores, para generar un clima familiar más acogedor y menos crítico.
5. Favorecer una expresión emocional sana: Validar las emociones del niño y de los adultos, enseñar que todas las emociones son normales y necesarias, y promover su expresión con palabras y en el momento presente.
6. Manejar los conflictos de manera constructiva: Definir claramente el problema y buscar soluciones concretas. Se deben evitar las discusiones repetitivas que no llegan a acuerdos y la insistencia en estrategias que ya han fracasado.
7. Mejorar la comunicación: Es importante dar mensajes claros, directos y respetuosos, usando un tono tranquilo. Se recomienda evitar repetir una orden más de dos veces, escuchar al niño e invitarlo a expresar su punto de vista y participar en la búsqueda de soluciones.
Recomendaciones prácticas
En el tiempo compartido con los hijos, se recomienda destinar un 80% a compartir, conversar y escuchar, y solo un 20% a corregir conductas. Este equilibrio fortalece el vínculo y reduce la conflictividad (Almonte, 2019).
Es importante explicitar lo que se espera del niño y dedicar al menos 15 minutos semanales a revisar avances y reconocer esfuerzos. Cuando no hay cambios, se sugiere negociar soluciones.
Si el niño justifica sus conductas culpando a otros, es clave transmitir que cada persona es responsable tanto de iniciar una provocación como de su respuesta, evitando escaladas de discusiones.
Para abordar estas situaciones:
Conversar cuando las tensiones ya han bajado.
Comunicar con calma y claridad cuando una conducta es inaceptable.
Centrarse en el cambio esperado y en cómo lograrlo, más que en el error cometido.
Referencias
Almonte, C. (2019). Trastornos disruptivos del control de los impulsos y de la conducta. En C. Almonte & M. E. Montt (Eds.), Psicopatología infantil y de la adolescencia (3ª ed., pp. 505–528). Editorial Mediterráneo.
Asociación Americana de Psiquiatría. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed.). Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.
Barkley, R. & Benton, C (1998). Hijos desafiantes y rebeldes. Consejos para recuperar el afecto y lograr una mejor relación con su hijo. Nueva York: Guildford Publication.
Patterson, G. R., DeBaryshe, B. D., & Ramsey, E. (1989). A developmental perspective on antisocial behavior. American Psychologist, 44(2), 329–335. https://doi.org/10.1037/0003-066x.44.2.329
